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La Coctelera

gelmiyo

3 Abril 2012

Yo escuchaba Serrat, Silvio Rodríguez, la Negra Sosa, Zitarrosa,

  • Pongamos que hablo de Joaquin

    Por  Zambayonni

    Conocí a Joaquín Sabina por Canal 13, cantando “Con la frente marchita”. Era el año ‘91, yo era un adolescente, y él estaba presentando el disco Mentiras piadosas. No lo conocía y me pareció espectacular. Dijeron ahí que estaba de gira por la Argentina. Así que me fui al Parque Rivadavia, Parque Lezica también le decían, a donde iba habitualmente, a buscar el casete copiado. Los discos originales siempre estuvieron lejos de mi bolsillo. Compré Mentiras piadosas, un disco con tapa verde, donde Sabina aparecía fumando, mirando de costado. Pregunte si tenía algún otro y el tipo del puesto me dijo “No, no, es el único disco que tiene”, obviamente no sabía nada. Qué raro, dije yo, Sabina tenía como 40 años en ese entonces. Igual, al tiempo encontré el disco previo, El hombre del traje gris, que me pareció mejor aún. Y después otros más. Era rara la búsqueda, porque era hacia atrás, en vez de hacia adelante. Me sorprendía eso, siempre aparecía uno más y uno más, el tipo tenía mucha obra y muy buena.

    Puse Mentiras piadosas entero en repeat como cuarenta veces. No una canción, sino todo el disco. Me acuerdo mucho de “Eclipse de mar”, que no sé si lo escuché antes por Baglietto o por él. Pero sin dudas la canción que más me llamó la atención de ese disco fue “Con la frente marchita”, donde en el mismo verso se hablaba, muchas veces sin aclararlo, de una mujer, de un país o de un continente. Los bandoneones justamente elegidos para dar marco a la nostalgia ya me predisponían para el clima que llegaba a la cima al final del tema con la imagen desolada del tipo gritando el nombre de una mujer en Plaza de Mayo. Obviamente ésta como otras tantas referencias a Buenos Aires o a personajes reconocibles y queridos por mí se ganaban de mano mi cariño. Una canción que contaba una historia emocionante y hermosa, de amor y de política, de viajes y de desencuentros, acompañada por un gran estribillo. Más que una canción era un manual.

    Nunca quise saber qué era un carricoche, pero los muchachos de mi edad todavía creemos que Corro es una ciudad. Joaquín decía que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió, pero éramos chicos y todavía no lo habíamos confirmado aunque a partir de esa canción ya lo empezábamos a intuir. Yo ya tocaba, hacía canciones más o menos con los mismos tres acordes que utilizo ahora. Y quise escribir como Sabina, como él lo hacía en esa canción, era imposible escapar a esa influencia. Sus temas eran lecciones de letras, de literatura aplicada a la canción. A pesar de lo que me parecía entonces, no creo que me haya salido muy bien.

    Yo escuchaba Serrat, Silvio Rodríguez, la Negra Sosa, Zitarrosa, cantantes en castellano de la generación de mis viejos, gente que tenía que ver con la palabra, que contaban historias. Sabina me pareció la renovación de eso. Más allá de cierta caricatura que le ponía a ese personaje suyo, tenía una rima, una capacidad enorme de contar. Las rimas son impresionantes: hay versos que tienen tres distintas con el verso siguiente. Sabina es alguien que está claramente más cerca de la pluma que de la viola. Es un jugador absoluto. Después terminó editando poemas y demostró que sabía cómo escribir, que no eran casuales sus letras.

    Años más tarde lo fui a ver al Gran Rex y, como buen fan, me quedé una hora y pico en la puerta para pedirle un autógrafo, cosa que conseguí, porque salió caminando y se quedó hablando con las treinta personas que estábamos ahí. Ese autógrafo lo tuve años pegado en la pieza. Mucho después tocó en Bahía Blanca —que es de donde soy yo— y un amigo en común me invitó después del show a un bar donde estaba él. Fue increíble, estuvimos hablando un montón de cosas, sobre todo de literatura y música. Me dijo en un momento: “Debe haber dos o tres personas que saben más de mi música que tú... yo y mis dos músicos”. Me gustaría que lea estas líneas y quiera participar de invitado en mi próximo disco. O por qué no, que hagamos un disco juntos. ¿Será posible?

    Mentiras piadosas es el noveno disco del cantautor andaluz Joaquín Sabina, que salió a la venta en 1990, antecedido por El hombre del traje gris (1988) y sucedido por Física y Química (1992). En aquella época, Joaquín Sabina empezó a hacer giras por Latinoamérica, lo que le hizo acercarse cada vez más a la música de países como México o Argentina. En su versión en casete, el álbum quedaba reducido a diez temas (se suprimían “Ponme un trago más” y “A ti que te lo haces”). En su versión en LP, tan sólo aparecían nueve temas (aparte de las dos anteriormente citadas, tampoco aparecía “Ataque de tos”). La llegada de Mentiras piadosas a nuestro país inició un romance con el público local que aún perdura.

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3 Abril 2012

“Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,/

  • “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,/ pero mi verso brota de manantial sereno;/ y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,/soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

    Antonio Machado, 73 años después

    Salvador López Arnal

    “Me encontraréis a bordo ligero de equipaje/ casi desnudo, como los hijos de la mar”.

    Así lo hallaron hace 73 años. Había cumplido 64. Se le enterró en el cementerio viejo de Cotlliure, cerca del pequeño hotel donde estaba alojado con su madre. Allí siguen sus restos, allí deben seguir siempre.

    Costó convencerle para que se trasladara a Valencia tres años antes. García Lorca había sido asesinado en agosto de 1936. El poema que escribiera en su honor fue, es imborrable. En la ciudad del Turia, la misma donde de nuevo reina la indignación y la rebeldía, vivió hasta abril de 1938. Despues, durante 11 meses, en Barcelona

    El autor de “Proverbios y cantares” abandonó la ciudad de Joan Salvat-Papasseit y López Raimundo el 22 de enero de 1939, cinco días antes de la entrada de las tropas del fascio español con apoyo entusiasta del fascismo catalán y del empresariado de orden. Ese mismo día -cuatro meses antes del fusilamiento, reo de “rebelión militar”, del obrero cenetista José Arnal Cerezuelo-, Machado cruzó la frontera por Cervera de Marenda.

    Pudo llegar a París. No quiso. Bajó del tren de una línea local dos paradas más tarde. En Cotlliure, un símbolo imperecedero de la legalidad republicana, de la honestidad democrático-socialista de tantos y tantos combatientes que entregaron su vida en la defensa de la República, la democracia real y el socialismo. Recuérdalo tú y recuérdaselo a otros.

    Xavier Febrés, en un magnífico y sentido artículo [1], ha comentado que el autor de Campos de Castilla apenas salió del modestísimo hotel Bougnol-Quintana durante los 26 días que transcurrieron entre su llegada al pequeño pueblo mediterráneo y su fallecimiento (¿de pena, de rabia, de desolación?). Un mediodía, con sol favorable, paseó con su hermano hasta la playa, muy cercana al hotel y al cementerio donde está enterrado. Tras su muerte, su hermano encontró un verso, el único que escribió durante sus días de exilio, en el bolsillo de su abrigo: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

    Ciudadanas y ciudadanos catalanes, españoles, ciudadanos democrático-republicanos de todos los rincones del planeta le siguen, le seguimos rindiendo homenaje. Es imposible no ver flores recientes en su tumba y son muchos los jóvenes y no tan jóvenes que le homenajean recitando emocionados su imborrable “Retrato”, autorretrato de un hombre bueno: “Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito./ A mi trabajo acudo, con mi dinero pago/ el traje que me cubre y la mansión que habito,/ el pan que me alimenta y el lecho en donde yago”.

    Vindicar la III República democrática, pensar en la II República, es también recordar la huella inconmensurable de aquel socialista-comunista con convicciones firmes que no dogmáticas hasta el final de sus días: “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,/ pero mi verso brota de manantial sereno;/ y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,/soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

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3 Abril 2012

Tal día como hoy en 1942, el poeta murió enfermo en una cárcel de Alicante condenado por el franquismo



Miguel Hernández, 70 años sin el poeta del pueblo

Tal día como hoy en 1942, el poeta murió enfermo en una cárcel de Alicante condenado por el franquismo

Tal día como hoy hace 70 años murió Miguel Hernández en la enfermería de una cárcel de Alicante. Preso y condenado por el franquismo por su declarada simpatía hacia la República, el poeta del pueblo, como era conocido, no superó una bronquitis mezclada con tifus y tuberculosis.

A día de hoy, 70 años después de su muerte, la obra del poeta está encerrada en la caja fuerte de un banco español después de que el Ayuntamiento de Elche, gobernado por el Partido Popular, decidiera romper de manera unilateral el convenio que unía el legado del poeta a la ciudad. El consistorio ilicitano alegó que era demasiado caro para mantener el convenio. Por su parte, los herederos reclamaron que fue una decisión política y no económica y denunciaron al consistorio ante la Justicia. “A Miguel Hernández, la derecha lo mató una vez y, ahora, lo ha vuelto a matar", señala Lucía Izquierdo, nuera del poeta.

“Es el aniversario más triste que me podía imaginar. No concibo que 70 años después de la muerte, su obra no esté al alcance de todos. En días como hoy, pienso en todo el sacrificio de su nuera y del resto de la familia para que la obra de Miguel esté al alcance de todos. Con la llegada del Partido Popular al Ayuntamiento hemos retrocedido 40 años”, apunta Izquierdo.

El poeta pastor, como es conocido en su Orihuela natal por su profesión, murió a los 31 años de edad. Tiempo suficiente para convertirse en uno de los poetas más grandes de la literatura hispana del siglo XX y para componer uno de los poemas más famosos de nuestros tiempos: Nanas de la cebolla. Esta pieza surgió cuando estando encarcelado por el régimen franquista recibió una carta de su esposa Josefina Manresa donde le decía que tan sólo tenía pan y cebolla para alimentar a su hijo.

Pablo Neruda, premio Nobel de literatura en 1971 y amigo del poeta, escribió tras su muerte: “Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor”. Sin embargo, el recuerdo a su vida, su obra y su muerte sigue generando fantasmas aun 37 años después de la caída del régimen franquista. "Miguel Hernández es inmortal y la derecha ya no lo puede callar", sentencia Izquierdo.

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4 Marzo 2011

Joan Manuel Serrat

Música / Poeta al cubo

Por: Daniel Samper Pizano | 4:33 p.m. |

Poeta

Foto: Archivo particular

Serrat y Hernández vuelven a juntarse en un cedé y en un recital en Bogotá.

Joan Manuel Serrat dijo a la revista Credencial que leyó los primeros poemas de Miguel Hernández en unos libros de Editorial Losada, de Buenos Aires. Libros que llevaba a la universidad una novia suya, enredados con los sánduches.

Da la casualidad que fue la misma edición que nos permitió a muchos otros estudiantes de América Latina y España conocer a ese poeta nacido en Orihuela (Alicante) en 1910 y muerto en un hospital franquista en 1942, luego de sufrir cárcel e ignominia durante años. Son unos libros de bolsillo de la colección 'Contemporánea', con plano de doble marco, tipografía en mayúsculas de diversos tamaños, letras negras sobre fondo gris y un dibujito modernista donde se ve una enorme cabeza de hombre entre dos edificios y una nube en el penúltimo piso. 

Aún conservo dos en mi biblioteca. La primera edición de la 'Antología', impresa en 1960, y la primera que abarca poemas de cinco libros o legajos, impresa en 1963. Esta lleva como cabecera 'El rayo que no cesa'. En Colombia costaban entre 9, 10 y 11, 20 pesos.

Los textos de las solapas de Losada no tomaban riesgos con la censura del régimen. Una apuntaba el año de nacimiento del poeta, pero se limitaba a decir que había muerto "a los 32 años de edad, víctima irreparable de la guerra civil española". Otra, la de la 'Antología', se limitaba a precisar que había fallecido a los "31 años y 7 meses", aunque en el prólogo la profesora María de Gracia Ifach es más generosa en detalles sobre los años de cárcel del poeta. 

Esos libros que leíamos en América Latina a principios de los años sesenta son los mismos que, en la idéntica época, leían Serrat y la novia en la escuela de Agronomía de la Universidad Laboral de Tarragona. Es fácil explicar, pues, por qué se produjo tan instantánea, íntima y perdurable conexión entre el entonces joven cantautor español y el público latinoamericano cuando en 
1972 salió su disco con poemas de Hernández.  

Ignoro cuántas veces lo habré oído, pero recuerdo que comparaba las canciones con la versión del libro y pude detectar algunas leves modificaciones que introducía Serrat. Me encantó el disco, y creí y sigo creyendo que el autor de 'Mediterráneo' logró el milagro de potenciar la belleza de unos poemas que parecían inmejorables. Desde entonces no puedo releer la elegía a Ramón Sijé sin que acuda de inmediato a mi memoria esa música tristísima que le compuso Serrat, una música que no redunda sino que realza dulcemente lo que el poeta dice. Igual pasa con 'El niño yuntero', una invitación al nudo en la garganta, y con 'Las nanas de la cebolla' (música de Alberto Cortez) y con el preciso tono 
reivindicatorio de la música de 'Para la libertad'. En fin: pasa con todos.

Veintiocho años después de aquel disco ya clásico, y coincidiendo con los homenajes a Hernández por el centenario de su nacimiento, el cantautor de Barcelona y el poeta de Orihuela vuelven a juntarse en un cedé aún más depurado que el primero y un recital inolvidable. No lo digo solo yo. El diario El Mundo, por ejemplo, inició así la reseña del concierto en Madrid en septiembre pasado: "Con la emoción a flor de piel y los versos de Miguel Hernández brotando a borbotones de su garganta sexagenaria, Joan Manuel Serrat estremeció de placer y dolor al público".
El repertorio del disco son las canciones hernandianas de antes y las de ahora, y el concierto lleva como telón de fondo escenas tomadas de unos videos especialmente trabajados para ciertas canciones por un grupo de directores de cine entre los que se encuentra el colombiano Sergio Cabrera. La imagen de Hernández los acompaña, con lo que se cumple aquello que estaba escrito: Algún día/ se pondrá el tiempo amarillo/ sobre mi fotografía".
Estamos ante el mismo Serrat que compuso a los 29 años las primeras canciones ajustadas a los poemas del alicantino; pero a su lado hay otro Serrat que ahora, a los 67 años, descubre nuevos tonos -alegres y melancólicos- en otros versos del antiguo pastor y maestro.  La suma de Hernández y Serrat es un poeta al cubo.

Daniel Samper Pizano

Herramientas

http://www.eltiempo.com/lecturas-dominicales/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-8942527.html

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7 Febrero 2011

Roberto Carlos ; "Yo te propongo"

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6 Febrero 2011

Daniel Filas

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6 Febrero 2011

Pequeña serenata diurna- Silvio Rodriguez- Filas - Salatino

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6 Febrero 2011

Miguel en Alicante

Otra fotocomposición de Ramón Fernandez Palmeral

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